Tu Realidad · Perimenopausia
"Doctor, yo antes no era así."
Cuando dejas de reconocerte, y por qué tiene explicación

Esta semana una mujer se sentó frente a mí y, antes de contarme sus síntomas, sacó el teléfono. Buscó una foto vieja, me la puso enfrente y dijo cuatro palabras: "Doctor, esta era yo."En la foto había una mujer riéndose, con los ojos encendidos, parada como quien es dueña del lugar donde está. La que tenía el teléfono en la mano, la que estaba frente a mí, era la misma persona. Pero ya no era esa mujer. Y lo sabía. Por eso vino a la consulta.Déjame contarte cómo se pierde una mujer así. Porque no se pierde de golpe.Tiene cuarenta y siete años. Hace una década era la que sostenía todo. La que tomaba las decisiones difíciles de la casa sin temblar. La que arrancaba proyectos que los demás veían imposibles. La que entraba a un lugar y, sin levantar la voz, la gente volteaba a escucharla. Tenía energía para ella y le sobraba para repartir. Tenía algo que cuesta nombrar pero que se siente apenas entra una persona así: tenía poder. No el de mandar sobre otros. El poder de ser dueña de su propia vida.Y lo fue entregando. En cuotas tan pequeñas que ni ella las vio salir.Primero fueron las comparaciones. La hermana que "sí supo acomodarse". La amiga que en las fotos parece diez años más joven. Y sobre todo en su celular. Cada noche, antes de dormir, el teléfono le mostraba un desfile de mujeres con el cuerpo, la casa y el matrimonio resueltos. Ella no se daba cuenta de una cosa: solo veía la vitrina de cada una. Nunca lo que habia atras del telón. Nunca el cansancio, la deuda, la noche de llanto que esas mujeres no suben a ninguna foto. Comparaba su detrás de cámaras con el estreno editado de las demás. Y siempre, siempre quedaba peor.Después llegó la voz de la casa. Alguien que, con mucha calma, cada vez que ella opinaba la dejaba sintiéndose equivocada. "Deberías", le decían. Deberías estar más delgada. Deberías estar más tranquila. Ya deberías haber resuelto esto. Te confieso algo: esa palabra, deberías, es de las más caras que le cobran a una mujer. Cada vez que la escuchas, alguien te está midiendo contra una mujer que no eres y que nunca acordaste ser.Gota a gota, dejó de confiar en su propio criterio. Un día su hija le preguntó algo sencillo y ella, que años atrás respondía sin dudar, se escuchó decir "pregúntale a tu papá". Ahí, me contó, sintió miedo por primera vez. Porque ya ni sus propias respuestas le pertenecían.Para cuando llegó a mi consultorio, el cuerpo le estaba pasando la cuenta. Había subido de peso sin cambiar mucho lo que comía. El cansancio no se le quitaba ni durmiendo. Los antojos de dulce le llegaban de noche como una orden que no podía desobedecer. Había probado de todo: dietas, ayunos, una rutina que abandonó a la semana porque no tenía fuerzas. Y como a tantas, ya le habían dicho la frase que más daño hace: "es que ya tienes tus años, hay que resignarse".No me lo creí. Y le voy a explicar por qué, igual que se lo expliqué a ella.Tu cuerpo tiene un tablero, como el de un carro. Tú no lo ves directo, pero detrás del volante hay luces prendidas todo el día: el cortisol, la glucosa, la insulina, la inflamación. El cortisol es la hormona de la alarma. Sube cuando hay un peligro y debe bajar cuando pasa. Pero cuando vives años sintiéndote menos, comparándote a cada rato, tragándote correcciones, el cuerpo no distingue eso de una amenaza real. La alarma se queda prendida. De día y de noche.¿Y qué hace un cuerpo que se cree en peligro todo el tiempo? Guarda. Acumula grasa, sobre todo en el abdomen, porque se prepara para tiempos duros que nunca llegan a terminar. Sube el azúcar en la sangre para tener energía lista por si toca pelear o correr. La insulina trabaja de más para acomodar ese azúcar, y con los años se agota y deja de hacer bien su trabajo.Y entonces se descompone el termostato.Porque tienes una hormona, la leptina, que funciona como el termostato del hambre. Es la que le avisa al cerebro: "ya comiste, estás bien, apaga el hambre". Cuando el cuerpo lleva demasiado tiempo en alerta, esa señal se pierde. El cerebro deja de escucharla. Y aunque tengas reservas de sobra, sientes hambre, antojos, sientes que no rindes por más que descanses. No es que te falte voluntad. Es que tu termostato está roto y te está mintiendo a la cara.Por eso quiero ser bien claro contigo. El peso que no se mueve por más que te esfuerzas. El cansancio que no se quita durmiendo. Los antojos que llegan de la nada. No es flojera. No es falta de voluntad. No es "la edad". Casi siempre es un cuerpo que lleva años en guardia. Y pocas cosas lo ponen tanto en guardia como vivir comparándote y dejar que otros decidan cuánto vales.Esa mujer llevaba años leyendo el tablero de las demás. El suyo, el de verdad, parpadeaba en rojo y nadie lo miraba. Ni ella.Quizás esto te suena. Quizás tú también, en algún momento sin fecha exacta, dejaste de mirar tu propio tablero por estar pendiente del de las otras. Quizás llevas tiempo creyendo que el problema eres tú, cuando en realidad eres una mujer agotada de demostrarle algo a gente que ni siquiera te está mirando.Con ella no empezamos por una dieta. Eso habría sido tapar la luz del tablero con cinta adhesiva. Empezamos por algo que suena simple y es mucho más difícil: devolverle el poder. Que volviera a decidir cosas pequeñas por sí misma, sin pedir permiso. Que la única mujer con la que se comparara fuera ella misma, la de ayer. Que cuando llegara el "deberías", lo reconociera, lo nombrara y lo soltara.No fue magia ni fue rápido. Pero un día volvió a la consulta y, antes de sentarse, me contó que le había vuelto a contestar a su hija sin dudar. Una bobada, dirás. Para ella fue el primer ladrillo de regreso. Y a medida que su cabeza fue saliendo de esa carrera contra todas, la alarma del cuerpo empezó a ceder. Cuando la alarma baja, el cuerpo por fin se atreve a soltar lo que estaba guardando con tanto miedo.Todavía está en el camino. Pero ya volvió a asomarse, de a poco, la mujer de la foto.Hoy te pido una sola cosa. Si algo de esto te movió por dentro, respóndeme con un correo que yo te leo.Dr. Bolívar MendietaPD: Y no, no se me olvidó lo que te prometí: por qué se forma la placa dentro de las arterias del corazón. Pero después de hoy ya vas intuyendo algo incómodo: esa placa casi nunca empieza en el corazón. Empieza años antes, en lugares que jamás lo relacionarías con él. El martes te llevo hasta el principio de esa historia.
Dr. Bolívar Mendieta Díaz
Médico en Ciudad de Panamá, fundador de Reboot 360. Máster en Psiconeuroinmunología Clínica y en Microbiota. Conoce más
¿Te viste reflejada?
Revisemos tu caso en consulta.
Si lo que leíste se parece a lo que vives, escríbele a Anna y agenda una evaluación completa.
La News
Recibe la próxima carta en tu correo
Cada semana, una nueva carta como esta. Gratis.


